miércoles, 19 de noviembre de 2014

Fragmentos del Tiempo





El tiempo no existe, existen los recuerdos que se produjeron durante ese tiempo, porque el tiempo deja de existir en el momento que se transforma en recuerdos. Por eso vamos reuniendo recuerdos y dejando tiempo por el camino. Reunimos canciones, besos, abrazos, caricias, momentos que significan algo para nosotros y mientras tanto va trascurriendo el tiempo, dejando fragmentos de nosotros mismos en todos esos recuerdos, en todos esos lugares en los que hemos existido. Y no volvemos a encontrarnos con esos fragmentos, si no es en el recuerdo, o volviendo a estar en esos mismos lugares o escuchando esas mismas canciones o de una manera más difícil o imposible, recibiendo esos mismos besos, abrazos, caricias…
Recordamos y desafiamos al tiempo, abrimos la cerradura de ese baúl donde dejamos guardados, en ese tiempo, los recuerdos más preciados y volvemos incluso a lugares o personas que existieron, notándolos como un presente difuminado pero real que nos devuelve a nosotros mismos, hasta encontrarnos frente a frente en un pasado fusionado con el momento de la remembranza.
No existe el tiempo, existen nuestros recuerdos; el ahora y nosotros mismos.
¿Nos pertenecen nuestros pensamientos o nos preceden y somos lo que pensamos? ¿Forman parte de nosotros o nosotros formamos parte de ellos?
Recuerdos y pensamiento están entrelazados. ¿Tenemos, entonces, la potestad de superar el tiempo que conforman nuestros recuerdos?
Si nos pertenecen los recuerdos, nos pertenece también el tiempo que ocupan. Es un tiempo en el que estuvimos, un lugar que llenamos con nuestra presencia, dejamos allí partículas esparcidas, huecos, parte de nosotros y las recuperamos recordando el espacio ocupado.
Lo que es hoy, mañana será ayer, y allí hay un recuerdo, un espacio, un tiempo ocupado por nosotros, por nuestros recuerdos.
El tiempo transcurrido nos pertenece a través de nuestros recuerdos, donde el tiempo ya no existe y se ha transformado tan solo en recuerdo.
Por eso acaparamos recuerdos, porque es la única manera de medir la intensidad que tuvo el tiempo y de tener la certeza de haber vivido, de haber realizado nuestros deseos y de haber llegado a ser en ese momento, porque ser se es en el instante, después se ha sido.
El tiempo es relativo, donde el momento constituye la realidad de cada cual en ese instante y en el lugar en donde se encuentre y nunca es igual para todas las personas. Por ello se inventó la manera de medir el tiempo, porque el ser humano teme a aquello que desconoce o no puede controlar. Así el tiempo se convierte en la manera de medir cada arruga que se añade sobre la piel, porque el tiempo no se puede detener y la muerte es algo inevitable.
Así, cada instante, siempre en el presente, puede que sea el momento ideal para ser feliz y ganarle al tiempo bonitos recuerdos.

J.L. Asensi

domingo, 16 de noviembre de 2014

Peña Saganta





Espadilla es un pueblo blanco que se alza en una ladera a orillas del Mijares, del cual toma el nombre de la Comarca a la que pertenece.
Es aquí en este bonito pueblo Castellonense donde se halla situada la ruta de hoy. Esta es la que asciende desde dicho pueblo hasta la Peña Saganta, una mole rocosa de escasa altitud, 731 metros, pero desde donde se puede disfrutar de extraordinarias vistas paisajísticas: hacia el mar, sobre todo la zona portuaria de Castellón y Benicàssim y las Islas Columbretes en días de bastante visibilidad, hacia la cima de la Comunidad, El Penyagolosa, hacia la sierra de Espadán… Obtendremos también excelentes panorámicas del castillo de Espadilla, de las torrenteras que se abren entre estas montañas, del mar de piedra que encontraremos casi llegando a la cima. Y vistas de un bosque de pinos en su mayor parte y encinas que componen las casi 900 hectáreas boscosas de su término municipal.
Un recorrido cercano, asequible y con varios focos de interés que hacen de este, una ruta entretenida e interesante de una mole rocosa, emblemática, muy nombrada y tal vez no excesivamente conocida para gente de otras zonas de la Comunidad.

J.L. Asensi

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Como la vida misma



Una vez escuché esta historia, que podría ser la tuya, o la mía, o la de cualquier  persona, o la de la mayoría de todas ellas.
Había una persona en un pueblecito de montaña, a la cual le encantaba la naturaleza y tenía una predilección especial por las flores.
Dicho pueblo estaba situado en un entorno privilegiado, lleno de naturaleza, árboles de porte extraordinario y flores cuya hermosura hubiera dejado atónito a cualquiera.
Esta persona era una persona muy ocupada , a pesar de que la vida en el pueblo era muy tranquila. Había que trabajar, pero como todas y cada una de las personas que necesitamos  trabajar para sobrevivir.
Siempre estaba deseando conocer otros parajes naturales de los que había oído hablar. Tal vez un día, los visitaría.
Cada día esta persona se levantaba temprano y regresaba a casa a la puesta del sol, cenaba y se acostaba a dormir sin más aliciente que su trabajo. Pero su sueño era todas las noches el mismo, conocer otros parajes, otras costumbres, otra gente. Tal vez la mujer con quien compartir su vida.
Pero siempre se repetía lo mismo: “Habrá tiempo” o “Mañana será otro día”, pero así se fue sucediendo el tiempo y un día precedía a otro, pero su deseo, su sueño seguía intacto. Y por la noche se repetía: “Mañana será otro día”.
Un día llegaron al pueblo un grupo de caminantes de otros países, atraídos por la belleza de aquellas montañas, de aquel entorno. Se conocieron y él les ofreció su casa durante el tiempo que allí estuvieron. Aquellas
personas, agradecidas por tan amable trato, le invitaron a ir a conocer sus respectivos países, sus respectivos entornos naturales y a quedarse en sus casas. El hombre, ilusionado, les dijo que sí, que iría, pero que ahora estaba demasiado ocupado y no podía: “Habrá tiempo” “Mañana será otro día”.
Pasados muchos años, esta persona se encontró en la cama viejo, cansado y a punto de morir. Recorrió mentalmente su vida y se vio como el
náufrago de una diminuta isla, en la cual solo el cabía y de la cual nunca había salido. Pero en un momento de lucidez, reconoció esta isla como la que él mismo se había impuesto durante toda su vida: El trabajo,
las obligaciones y el posponer para otro día sus sueños.
Esta persona murió y todo el pueblo fue a su entierro, también aquel grupo de personas que un día visitaron su pueblo. Cada persona le llevo una preciosa flor y un puñado de naturaleza de aquellos parajes, tan bonitos y que tanto había amado. También, aquellas personas que lo invitaron en reciprocidad, le llevaron tierra de sus montañas y flores de aquellos lugares que nunca llegó a conocer.
Él siempre pensó que habría tiempo, que siempre habría un mañana, un día que sucede a otro. Pero el tiempo es finito y llega un momento que se acaba y para él se acabó de esta manera.
Esta historia refleja lo que la mayoría de las personas solemos hacer. Dejarlo todo para mañana: “Mañana ya tendré tiempo” “Mañana ya amaré” “Mañana le diré que la/lo quiero” “Mañana será otro día”. Pero posiblemente mañana sea demasiado tarde.
Es cierto que necesitamos trabajar para vivir, pero mucha gente vive para trabajar. Es cierto que siempre tenemos cosas que hacer, pero nosotros agregamos muchas más. Es cierto que la vida, normalmente se compone de muchos días, pero nos olvidamos que es el mejor regalo y nos olvidamos de vivirla, aquí y ahora.
Amar, vivir, intentar hacer realidad nuestros sueños y ser felices son cosas importantes que no se pueden posponer.
Mañana solo será otro día para poder ir a trabajar y acudir a esas “obligaciones” que, muchas veces, nos imponemos en demasía y que nos roban nuestro tiempo hasta extenuarnos.
Si sigues esperando el momento ideal, es probable que nunca empieces.

J.L. Asensi

domingo, 9 de noviembre de 2014

Los Senderos del Agua




Esta ruta de nombre tan bonito y sugerente, transcurre en la población conquense de Santa Cruz de Moya.
Es una ruta de agua, donde los ríos Turia y su afluente el Arcos, confluyen.
Una ruta que tiene como centro el río y su canto de agua fluyendo por su cauce. Una ruta de grandes olmedas, de tamarindos, de chopos, de vegetación de ribera, cerca del río y predominantemente de pinos, en los puntos más de montaña y escarpados. Un paisaje, a veces desangelado de yesos y esparto.
Es Cuenca, donde la roca asoma desde lo alto, aunque en esta ruta no hay subidas o bajadas demasiado grandes, es una ruta, casi de paseo, donde no es necesario emplearse a fondo. Una ruta contemplativa, donde las aldeas pertenecientes a Santa Cruz, son otro de los encantos de la ruta. Así mismo, los campos de cultivo de manzanas, típico de la zona, de caquis, membrillos, etc., en esta época, también le dan color al paisaje. Un paisaje ya por sí otoñal, reflejado, sobre todo en los chopos.
Solo encontraremos dos repechos, donde será necesario tomar algo de aire y nada más, en cuanto a dificultad.
Ruta sencilla y recomendable por, entre otras cosas, el cambio de paisajes.

J.L. Asensi

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Carpe Diem


Una vez, hace algún tiempo, escuché una historia que estaba contando el conocido de una amiga. Una historia que atrajo mi atención por su contenido.
En una ocasión, fue una persona a una psicóloga en busca de ayuda.
Dicha ayuda consistía en aprender a reírse de la vida, ya que aquella persona pensaba que era más desgraciada de lo normal o que le ocurrían peores cosas que a los demás mortales, lo cual no era así. Pero esta persona así lo creía y más aún, se anticipaba a los acontecimientos.
Si recibía una noticia de algo que pudiera acontecer, pero que no era seguro que pasara, se empezaba a preocupar intensamente, para luego comprobar que aquello no llegaba a ocurrir.
También se preocupaba por lo que siendo negativo, no estaba a su alcance evitar que sucediera, llevando una carga innecesaria y una preocupación que no estaba en sus manos solucionar.
La primera vez que llegó a la consulta de la psicóloga, la cual daba también seminarios sobre risoterapia, lo primero que le dijo fue:
-Me gustaría aprender a reírme de la vida.
A lo que la psicoterapeuta le contestó:
-Reírse de la vida no es la solución a ningún problema. La vida es un gran regalo si se sabe vivir. Otra cosa es reírse de los problemas o de las actitudes de uno mismo por la forma de ver las cosas y vivir la vida.
El paciente insistió:
-Yo lo que quiero es aprender a reírme de la vida, que bastante se ha reído ella de mí.
-¿No estará usted exagerando?. La vida no se ríe de nadie. Simplemente se vive con una actitud o con otra, bien es cierto que hay personas que sufren una serie de circunstancias adversas que les impiden disfrutar de esta, como las que carecen de lo básico para subsistir en una sociedad que se supone del bienestar y la opulencia. Una sociedad consumista, de lo innecesario, la competitividad, la agresividad, las apariencias, la insolidaridad, las guerras, la miseria, el hambre, la explotación. Una sociedad, a veces excesivamente normativa sin sentido alguno. Una sociedad que crea miedos, frustración, infelicidad, problemas psicológicos e inadaptación.
Y por supuesto, las personas que viven en países donde la vida es un lujo y un espejismo. Y la muerte una realidad cotidiana que pasa riéndose de ellas, sin ninguna oportunidad de conocer la felicidad, pero que así y todo viven el día que es lo único que tienen.
-Pues creo, que yo reúno todas las condiciones para no ser feliz.
-¿Y por qué cree usted eso?.
-Porque todo está en mi contra, todo me sale mal y la vida está en contra mía.
-La vida no está en contra de nadie.
-¿Pero me va a ayudar a reírme de la vida?.
-Digamos que voy a mostrarle el camino para reírse con ella. Después, usted, llámelo como quiera.
-Yo quiero que me enseñe a reírme de la vida, porque si no aprendo a reírme de la vida, cómo voy a poder burlarme de la muerte cuando llegue la hora.
-Tanto ante la vida como ante la muerte, son las actitudes de las personas las que hacen que lo vivan de una forma o de otra, pero comencemos, que quiero que aprenda a reírse con la vida, a ser feliz y a aceptar que la muerte natural está insertada dentro del reloj biológico y es inevitable.
-Pues comencemos, que ya tengo ganas de reír.
Así ocurrió que aquella psicóloga le abrió los ojos ante el gran desperdicio de esfuerzo, tiempo y felicidad que aquel hombre iba tirando por la borda a medida que vivía siempre en el futuro, en el pasado, en la fatalidad, en la negatividad y le hizo ver cuán afortunado era, cuando le mostró que no carecía de nada, que era aún joven, que tenía a su alcance todos los ingredientes para ser feliz y que el momento era uno de ellos.
No se sabe si empezó a reírse de la vida o con la vida, pero lo que sí que es cierto es que aprendió a reírse de sí mismo, de sus problemas imaginarios, de los fantasmas del pasado y del futuro y de ciertas actitudes que lo anclaban a la infelicidad más patética.
Se cuenta también, que las últimas palabras antes de morir, ya viejo,  fueron:
-Traedme, al menos, una caja de bombones para el viaje.
Y al cerrar los ojos para siempre, murió con una sonrisa en la boca.
¿Logró el objetivo de ser feliz y reírse con la vida de sus insignificantes problemas?. Parece que así fue.
Carpe Diem.

J.L. Asensi

domingo, 2 de noviembre de 2014

Olocau-Tristán



La de hoy es otra de las rutas que a través de los senderos de la Sierra Calderona, esta vez desde Olocau, nos acercan a la Masía de Tristán.
Olocau es un pueblo encantador, el cual te recibe escondido entre montañas vestidas de verde pino, coquetas, y salpicadas de bancales de secano: algarrobos, almendros y olivos. 
Olocau es un pueblo de rutas a través de la Calderona, con senderos y paisajes de postal, de fuentes, de cimas y barrancos, de senderos y de pistas de tierra rojiza. Roja del rodeno. Esta ruta la iniciamos en el área recreativa del Arquet.
La primera parte de la pista que vamos a seguir durante algún kilómetro, pasando por dos fuentes la de la Cava y la del Frare, es la más dura, con algún tramo de hormigón, pero pasando este tramo se vuelve muy agradable, con bastante sombra, lo cual se agradece mucho, aunque hoy la mañana tampoco es demasiado calurosa, de momento, claro.
El paisaje es de bancales de algarrobos, olivos, almendros..., cultivos de secano acompañados de pinos, y rodeados de montañas con algunas rocas de formas caprichosas.
La senda se vuelve ancha en algunos tramos y pasa en un momento del recorrido, por el lado de un barranco, que hace que la pista se vuelva más frondosa, con adelfas, mirto, lentisco… y más densidad de pinos.
El paisaje en este punto, si antes era bonito, ahora es precioso y la pista muy blanda, estupenda para hacer kilómetros. Un agave muy grande nos saluda al paso y las fotos se suceden, una tras otra.
Después de haber pasado ya, algunos cruces y haber hecho algunos kilómetros, alcanzamos un aljibe en la parte derecha de la pista, lugar donde está el desvío que se convertirá en sendero estrecho, más seco y escaso en vegetación. Aquí empieza a cambiar la misma, para dejar paso a las aliagas, que no llegan a interrumpir nuestro paso en ningún momento, coscojas, jara blanca..., vamos ascendiendo y pasamos por lo que parecen ser los restos de un refugio de pastor derruido, y las primeras vistas del Castillo del Real al Oeste. Continuamos la marcha y de pronto ante nosotros, un paisaje
espectacular de montañas tapizadas de verde. El Gorgo al frente, y poco a poco más al Noreste la zona de Rebalsadores y la torre de vigilancia forestal en término de Serra. El camino vuelve a ser agradable, sobre todo a la vista. Hemos vuelto a pasar varios cruces y como fortín en una cima se puede observar, ya en término de Gátova, una caseta de forestales con su antena. Nos estamos acercando a nuestro objetivo, La Masía de Tristán, pues aparecen indicaciones de estar en monte de Gátova, y efectivamente, algo más adelante nos encontramos con un poste de senderos y el área recreativa de Tristán, con una fuente, un paellero y hasta cuatro zonas para descansar y comer, con sus sillas y mesas de piedra de rodeno y un paraje con arbolado denso y muy alto. Unos metros más adelante, en una curva nos encontramos con dicha Masía ante nosotros, decorada con un reloj de sol dibujado, que representa un sol con alas. Sillas y mesas, también de rodeno, franquean la entrada a la misma.
Excursión muy recomendable para llevarse el bocadillo y el agua fresquita y descansar un buen rato, maravillándonos de la naturaleza que nos rodea.

J.L. Asensi